TRADICIONES PRE-ISLÁMICAS EN LA ALTA ANDALUCÍA

            A la caída del Imperio siguió la lógica descomposición de la administración romana, y con ella, el complejo sistema artesanal y mercantil que había elevado el nivel de vida y dotado de sentido a la Pax Romana. Como suele suceder en estos casos, una parte de la población urbana se marchó al campo, allí donde es más fácil sobrevivir de manera autárquica. Este movimiento que fue bastante generalizado en todo el orbe imperial, propició en algunas comarcas fenómenos aislacionistas específicos, debidos a particularidades geográficas y demográficas.
            
Tanto la colonización fenicia como la romanización concentraron la mayor parte de la población de la Bética en torno a las grandes vías de comunicación natural, o lo que es lo mismo, en los litorales fluviales y marítimos, dejando relativamente aisladas y despobladas amplias zonas forestales del interior, y en especial en la Alta Andalucía. Una de éstas es la comarca de los Montes de Málaga a donde irían a parar, allá por el siglo V, una parte importante de la población de la ciudad. Con ellos se llevarían todo el bagaje cultural acumulado durante siglos de romanización, y dentro de él sus creencias, con sus ritos y festividades.
           
De entre estas nos interesan las Saturnalia y el Dies Natalis Solis Invicti. La primera de ellas era conocida como fiesta de los esclavos. En su origen se celebraba el 17 de diciembre en conmemoración del nacimiento de Saturno, dios latino de la agricultura y en ella se permitía que aquellos disfrutaran de prebendas y raciones extra de comida y bebida; se desarrollaban en un ambiente irreverente, carnavalesco y de gran tolerancia por parte de las autoridades. Con el tiempo  acabaron por extenderse varios días, fracasando los intentos oficiales de circunscribirlos a períodos estipulados de tres o cinco días, de modo que acabó fusionándose con la segunda de las festividades. En ella se celebraba el nacimiento del Dios Sol Invicto el 25 de Diciembre, por ser en el calendario juliano el día del solsticio de invierno y se acabó asimilando al culto a Mitra primero, y a Cristo después. Por tanto durante aquella semana se producía un paréntesis muy marcado en la vida romana, especialmente en las clases populares y durante los últimos dos siglos de Imperio dicha fiesta tenía además un carácter cristiano, aunque es de suponer que mantuvo sus aspectos dionisíacos tal y como hoy sucede.
            
En un largo período de más de tres siglos esta comarca de los Montes de Málaga sufre la descomposición del Imperio, la permanencia en tierras del sur peninsular durante veinte años de los Vándalos, los tiras y aflojas entre  visigodos y bizantinos por el litoral sudoriental durante varias décadas y la invasión musulmana a principios del siglo VIII. Al igual que sucedió con los godos que se limitaron a ocupar las instancias de poder romanas sin poder extender una administración efectiva sobre un territorio de por sí escasamente poblado, el gobierno desde Ifriqiyya y aún el del Emirato-Califato de Córdoba se caracterizaron por retomar para el Dar al Islam aquellos centros neurálgicos hispanos pero consintiendo el sustrato cultural de la mayor parte de la población. El paso de los años fue uniformizando la religión, la lengua, la cultura de Al Andalus, extendiendo la agricultura intensiva y recuperando la vertebración propia de una sociedad desarrollada. Sin embargo, de aquella comarca malagueña nos habla Ibn Hayyan en 1377, a sólo un siglo de ser retomada, informándonos  de que en Jotrón, Santo Pitar, Sedella y Comares  “todos sus habitantes eran cristianos, sin un solo musulman [...] pues las fortalezas de aquella zona habían sido de los cristianos desde siempre” y menciona el cultivo de viñedos, que como es de suponer estarían orientados a la elaboración de vinos.
            
Tras la conquista, el primer arzobispo de Granada, Fray Hernando Talavera decide potenciar festividades paganas supervivientes en las comarcas rurales de la alta Andalucía como contrapeso estético-cultural al rigorismo islámico. Sabemos por Hurtado de Mendoza de la celebración en los campos de juegos, rifas, bromas carnavalescas y de la tradición del obispillo de San Nicolás, en la cual la Iglesia atenuaba la gravedad de su culto y consentía la burla.

La superposición consciente de festividades cristianas sobre antiguos cultos llevó la festividad de los Santos Inocentes sobre las Saturnalia y el Dies Natalis Solis. Esta repotenciación de las tradiciones paganizantes corrió a cargo de la orden franciscana que supo reconvertir el significado pagano en ritual festivo navideño. Se promovió el culto a las Ánimas, especialmente durante los siglos XVI-XVII, y dichas tradiciones han sobrevivido en comarcas de la Alta Andalucía y Murcia, donde se conservan cuadrillas y hermandades de ánimas y grupos para el ritual festivo. Pero es en los Montes de Málaga donde su celebración conservó un mayor carácter profano: Los sombreros de cintas, las ganas de rifa yendo de bodega en bodega, etc.

De ésta época de fortalecimiento del culto de ánimas data el Repertorio de todos los Caminos de España, de Pero Villuga, publicado en 1546, la primera guía de caminos publicada en Europa. El antropólogo Antonio Mandly Robles ha realizado un estudio etnográfico sobre uno de esos caminos, el que llevaba a los arrieros desde Málaga a Sevilla a través de Álora, Osuna, Marchena y Mairena del Alcor, y que estaba jalonado de ventas que en tiempos antiguos eran no sólo referentes geográficos, sino también importantes puntos eco-culturales y simbólicos. Tenemos por tanto una ruta que parte de la comarca de los Montes de Málaga y que culmina en Sevilla, principal nudo neurálgico del mundo flamenco en el siglo XIX. No olvidemos que la expulsión de los moriscos fue masiva en las ciudades, menos en las tierras de realengo y mucho menos en tierras de señorío, en comarcas de montaña o en zonas de muy baja densidad de población. En 1612 el padre Aznar Cardona nos da cuenta detallada de todos los oficios desempeñados por estos moriscos y se da la circunstancia de que la mayoría  de ellos perduró en la Alta Andalucía hasta la desaparición de los gremios.

Mandly Robles ha detectado cómo a ambas orillas del Guadalhorce, un río cuyo caudal no le permite ser una barrera natural importante, se dan manifestaciones musicales diferenciadas. Del lado oriental y hasta las cuencas del Guadalmedina y el Vélez, predominan las pandas de verdiales y del lado occidental, en la orilla de Álora, perviven cantes de arado vinculados a malagueñas antiguas, como la registrada por el Mochuelo en 1907, la cual se la escuchó al Perote, un gañán que vivió en Álora en el último tercio del XIX. Este viaje desde las tonás camperas al cante flamenco, y desde el mundo no profesional al profesional no es un caso aislado. La cantaora utrero-lebrijana María la Perrata, la cual era nieta, hermana, prima, madre y abuela de cantaores profesionales, no pudo dedicarse enteramente al arte por respeto a la voluntad de su marido, a pesar de que en su cante se produce la fusión de modalidades flamencas fundamentales durante el siglo XX. De ella tenemos además el testimonio sobre su madre, la cual era una gran cantaora pero que nunca se dedicó profesionalmente al cante. Estos dos apuntes ejemplifican el modo en que una tradición popular de origen morisco pudo llegar hasta los escenarios y puede ser igualmente aplicable a otros cantes no-flamencos como las nanas, los romances de cordel, los cantos de ánimas, las saetas preflamencas, etc.

BERNARDO DE LOS LOBITOS: Cantes de trilla aflamencados


ALONSO DEL CEPILLO: Nanas flamencas

EL MOCHUELO: Saeta y Toná del Cristo


Hablemos ahora de los verdiales. Su epicentro está en los Montes de Málaga, pero se extiende desde el río Guadalhorce por el oeste hasta el Vélez por el este y a Villanueva de la Concepción por el norte. La mayor parte de esta zona estaba poblada por bosques de encinas hasta la conquista castellana en que se deforestó para la obtención de carbón sustituyéndose por cultivos, entre ellos los de la vid, siendo esta comarca una de las más antiguas exportadoras de vino español al extranjero. El eje en torno al cual gira la fiesta, que guarda importantes concordancias en apariencia, ritos y simbolismo (amén de la fecha) con el ciclo de las Saturnalia-Dies Invictus Natali Solis, es la panda de verdiales.

Se compone de un pandero asonajado (cuyo toque virtuoso en el centro de la panda hace de corazón de ésta), dos guitarras, dos pares de platillos, un violín y, en las zonas más orientales, un laud. De todos estos instrumentos sólo el violín se nos presenta como un elemento extraño a la tradición musical andaluza, pero se da la particularidad de que éste ejecuta su música en muy pocas notas, siempre las más altas, como si estuviese sustituyendo a un instrumento anterior menos complejo. El violín tal y como lo conocemos data del siglo XVII y es una evolución en última instancia del rabel, un instrumento árabe medieval que fue introducido en Europa desde Al Andalus. Precisamente de la época de eclosión del violín data la llegada a las costas andaluzas del Fandango, por lo que es de suponer que la llegada de éste instrumento a las pandas de verdiales fue simultáneo a la adopción por estas del fandango como motivo musical. Y es que rítmica, armónica y melódicamente los verdiales son fandangos, eso sí cantados a más velocidad, con una percusión más trepidante (que los ha mantenido inequívocamente bailables) y con menor virtuosismo vocal. ¿Son los verdiales la reinterpretación “cateta” de ese fandango que triunfaba por los escenarios y que llegó a los Montes de Málaga acompañado del violín? ¿O es acaso el aire flamenco del fandango la inyección de sones moriscos llegados desde la Alta Andalucía a Sevilla a través del viejo camino de las ventas? No podemos saberlo.

Sí sabemos por Estébanez Calderón de la llegada de la Jabera a los escenarios de Sevilla. En origen este cante sería un pregón de habas ejecutado con gran virtuosismo por un par de hermanas del barrio de la Trinidad en Málaga las cuales acometían la dificultad del cante repartiéndose los tonos más altos y más bajos en función de la textura de la voz de cada una. Queda por saber de donde procede la complejidad de su ejecución (algo poco práctico para un pregón), de si fue sacado a la calle desde una instancia más noble o si fue creación personal de ambas hermanas, en cuyo caso cabría preguntarse a su vez si sólo eran haberas con buena voz o cantantes semiprofesionales dedicadas a vender habas.

Este testimonio de Estébanez Calderón (ya sea verídico o no) contextualiza de modo concreto la llegada de una variante musical andaluza al crisol flamenco de la Sevilla decimonónica y es de importancia porque otros autores antiguos que estuvieron en contacto con ese flamenco anterior a los rollos de cera, también atribuyen a diferentes palos (la caña, la serrana, el polo tobalo, la liviana...) un origen en el campo o en las ventas, y especialmente en el camino de Málaga a Sevilla.

La epidemia de la filoxera acabó con buena parte de la efervescencia de la fiesta de los verdiales y hoy día se celebra perfectamente domesticada por las autoridades, fuera  de su entorno original. Pero hay algo que se mantiene y es que podemos ver a cientos de músicos, cantantes y bailarines no profesionales que por mor de la competencia que se instaura en la fiesta, elevan la interpretación de unas formas folclóricas hacia un virtuosismo espectacular, ejemplificando de este modo la posible llegada a los escenarios de otros cantes del campo o el camino.

Anica la Piriñaca, cantaora jerezana que desempeñó su carrera profesional en su juventud prematrimonial durante la época de decadencia del café cantante (primeras dos décadas del siglo XX), confirmó con su testimonio que los cantaores que llegaban a los cafés desde todos los puntos de la geografía andaluza ejecutaban cada uno los cantes de su tierra y de su gente, y que los jerezanos cantaban fundamentalmente siguiriyas, soleás y bulerías, los de Cadiz cantiñas, tanguillos y variantes locales de la soleá o la bulería, los de Huelva fandangos locales y que muchos de los intérpretes eran celosos de sus cantes y no los ejecutaban delante de los cantaores largos para evitar que se los cogieran.

¿Pudo el transitado camino de los arrieros de Málaga a Sevilla, jalonado de ventas en los que frecuentemente se encontraban y reencontraban pregones de distinto origen y condición, ciegos cantantes de romances, cuadrillas de ánimas, saeteros del pecado mortal... servir de principal yacimiento musical al crisol de los cafés cantantes sevillanos? No podemos saberlo, pero ello explicaría por qué buena parte de los palos flamencos son, o variantes alto-andaluzas del fandango, o cantes que desde antiguo se vincularon a ciudades como Ronda, y ejemplificarían a su vez la llegada, por otros caminos, de variedades tradicionalmente ubicadas en comarcas de Huelva o Cádiz y que tenían a Sevilla y Triana como puntos de destino. 

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